Baja California - Sábado 20 de Enero

Entre demócratas

17-1-2018  |  Dr. Tomas Bermudez  |  Artículo

“¡Grita, México, de alegría… ya tienes candidato! […] El cielo en que habitan los héroes reposa sobre la tierra; por eso es la verdad lo que ahora anuncio, ¡Hidalgo, Allende, Matamoros, Morelos, nos contemplan!”. Cada vez que don Porfirio presentaba su candidatura a la Presidencia se registraba igualmente como candidato un señor con pájaros en la cabeza que se llamaba don Nicolás Zúñiga y Miranda. El tontiloco personaje, pintoresco por su traza y por su repetido empeño de competir con Díaz, era objeto de la risa general. En el caso de Morena con López.

Los intelectuales mexicanos, modestos o eminentes, cualquiera que sea su sexo, su posición, sus ideas políticas, no podemos aceptar la emulsión de pamemas con que se nos agobia, para hacernos creer que Juárez en nuestra patria, fue el autor, el iniciador, el primer apóstol, el héroe, el mártir, el redentor del pasado, el mesías mexicano, el pensador de la Reforma, y que a él se debe toda nuestra civilización. Vio en los gobiernos emanados de la Revolución un “Mesías de la libertad”.

Pero acaso lo más significativo fue que el pueblo mismo, en la anónima voz de sus corridos, lo viera: “como el Mesías prometido, diciéndole al pueblo: Levántate y anda, yo siempre seré contigo”. Más allá de la imposible genealogía o la referencia simbólica, literaria o mística, una tercera variante de la clave bíblica en México es la actitud mesiánica de ciertos personajes en la historia política de México. Esa actitud se inscribe a su vez en un contexto infinitamente mayor, rico y variado, que las engloba: de la religiosidad desafiando las leyes de la lógica, pero esta, antes o después se impone.

Resulta sorprendente el que aun hoy la partidocracia sea incuestionable para algunos especialmente para sus beneficiarios y para ciertos teóricos políticos poco imaginativos incluidos en la nómina oficial, toda vez que, si descendemos a sus rituales concretos, adquiere el problemático aspecto de una religión animista propia de pueblos primitivos. Obsérvese si no.

Ya hemos dicho que la partidocracia tiene como vector fundamental el reduccionismo de lo humano a lo meramente cuantitativo (un hombre, un voto), algo que resulta excesivamente pobre y deslucido para que pudiera tener eco en los cenáculos intelectuales. Hacía falta envolver este concepto de un halo místico y de un envoltorio que recubriera su banalidad intrínseca.

Los teóricos de la democracia proclaman que este es el mejor sistema para hacer valer la “soberanía popular”, un concepto difícilmente definible pero que vendría a estar implícito en el mismo concepto de la democracia entendida como “mando del pueblo”. Pero “el pueblo”, que no puede mandar directamente, delega su “voluntad” en unos representantes que son investidos en una ceremonia y en los cuales, la suma de las voluntades populares se hipostatiza y adquiere el carisma de una legitimidad para ejercer el mando.

Observar detenidamente el proceso es importante porque veremos hasta qué punto refleja la existencia de un arquetipo iniciático y animista laicizado. Las campañas electorales renuevan y vivifican la “voluntad popular”, La historia de una nación entera cargando con el lastre de un “decálogo” no precisamente de inspiración divina, sino escrito a sangre y fuego en el tiempo pasado que quizá ayudo a consolidar a la génesis de una nación, heredando una serie de mitos que en la actualidad han llegado a la metamorfosis, y en el presente la clase política se ha valido de ellos, ya aparentemente transformados en una verdad absoluta y venerados con la fe “republicana”, y pobre del triste mortal que ose intentar tan siquiera cambiar un punto y coma, porque será condenado de chapulín traicionero. “Cave ne cadas”, cuidado, no vaya a caer.

Correo electrónico: tomymx@me.com



▲ Regresar Arriba | ◄ Regresar a página anterior