Baja California - Martes 21 de Agosto

Mercado Sobre Ruedas, Peligro Latente

14-5-2014  |  Juan Manuel Salazar Pimentel  |  Art√≠culo

Durante 29 a√Īos consecutivos se mantuvieron vigentes los acuerdos e instructivos del gobierno federal que regularon el funcionamiento de los mercados sobre ruedas, hasta que la Secretar√≠a de Econom√≠a, con su acuerdo publicado en el Diario Oficial del 26 de enero de 2007, abrog√≥ ese sistema, basada en que la Constituci√≥n reserva a los municipios funciones y servicios entre los que incluye mercados y centrales de abasto, como se hab√≠a legislado veintitantos a√Īos antes.

El Acuerdo de la antigua Secretar√≠a de Comercio, que fij√≥ las bases para el funcionamiento de los mercados sobre ruedas, publicado en el Diario Oficial de la Federaci√≥n del 5 de septiembre de 1978, se propuso regular los mercados populares que ya funcionaban desde unos diez a√Īos antes, habiendo sido sus objetivos fundamentales:

Evitar el alza de precios y la intermediaci√≥n innecesaria de los productos a fin de reducir sus precios; agilizar la comercializaci√≥n al menudeo, principalmente de los productos agropecuarios y pesqueros; coadyuvar en la orientaci√≥n de los h√°bitos de consumo de la poblaci√≥n, especialmente de la de bajos ingresos; y, orientar a los peque√Īos productores acerca de los niveles de precios en los centros de consumo para que tuvieran alternativas de comercializaci√≥n de sus productos.

En materia de precios, seg√ļn el instructivo que la misma Secretar√≠a public√≥ el a√Īo siguiente, los de los oferentes o comerciantes del sobre ruedas deb√≠an ser siempre inferiores a los del nivel promedio de los de la localidad.

Esa regulación hacía énfasis en las cuestiones de higiene y también en las de disciplina que los oferentes debían observar, amén de que la ubicación diaria de los mercados debía atender a la satisfacción de las necesidades de los consumidores.

A partir de la reforma de 1983 al artículo 115 Constitucional, la regulación de los mercados sobre ruedas quedó en manos de los municipios. Desde entonces la historia es otra, al menos en mi ciudad.

Tal vez exista información que por lo pronto no está a mi alcance, y, sin embargo, me aventuro a expresar esta opinión porque creo que el caso merece, de las autoridades, atención responsable.

El propósito inicial de ubicar los mercados sobre ruedas para atender las necesidades de los consumidores, se invirtió, al punto de que desde hace tiempo, la ubicación diaria de esos mercados, en los distintos rumbos de toda la ciudad, atiende principalmente a las necesidades de los oferentes comerciantes, y no a la de los consumidores.

La Tijuana de hace 50 a√Īos, cierto que ten√≠a mucha menos poblaci√≥n, pero su precario desarrollo urbano y la escasa oferta de los mercados formales (a√ļn no llegaban las grandes cadenas comerciales), favorec√≠a el funcionamiento de los mercados sobre ruedas que llevaban su servicio a los sitios m√°s apartados y de dif√≠cil acceso.

La ciudad creci√≥ acelerada y desmesuradamente; al mismo tiempo, el sobre ruedas tambi√©n creci√≥, tanto por el n√ļmero de oferentes, como por el espacio cada vez m√°s extendido que ocupa en las calles la enorme cantidad de puestos que diariamente se instalan en las colonias de Tijuana.

El sobre ruedas creció, pero no evolucionó. Creció e involucionó. Retrocedió.

En m√°s de cuarenta a√Īos, el sobre ruedas no ha sido en Tijuana un medio para progresar a estados de superaci√≥n, sino para enraizar la pobreza, y hasta para potenciar situaciones de riesgo, en perjuicio de la seguridad de la comunidad.

Desde que el sobre ruedas funciona en Tijuana ha transcurrido el tiempo m√°s que suficiente para que bajo la direcci√≥n gubernamental y con el pago de cuotas a cargo de los propios interesados, se hubiesen adquirido los espacios necesarios para construir un sistema municipal de plazas p√ļblicas en las cuales los oferentes del sobre ruedas pudiesen expender sus productos sin tener que ocupar la v√≠a p√ļblica.

Ning√ļn oferente tendr√≠a en esas plazas un espacio de su exclusiva propiedad; el pago de sus cuotas y su registro como comerciante le otorgar√≠an el derecho de usar en cada una de esas plazas un sitio para su puesto itinerante.

¡Cuántos perjuicios se evitarían obrando de ese modo!

El tránsito en nuestras calles sería libre y sin obstáculos; las ambulancias cumplirían su servicio sin tropiezos; los bomberos llegarían a tiempo a sofocar cualquier incendio; la policía perseguiría y hasta alcanzaría a cualquier delincuente; el carro del gas haría su travesía y sus entregas sin riesgos mayores; los vecinos no encontrarían bloqueadas sus cocheras, ni enfrentarían a comerciantes descorteses; etc.

Desde el a√Īo 2009, M√©xico ha padecido el azote de la influenza, y muchos han sido los decesos que se han tenido que lamentar.

El sobre ruedas está muy lejos hoy de ser el mercado en el que la gente del campo y del mar ofrezcan sus productos, manufacturas y artesanías. En vez de eso, ofrece todo tipo de productos usados, sin que medie ninguna regulación de las autoridades sanitarias, y también ofrece gran variedad de alimentos que son preparados in situ, sin mínimas medidas de higiene.

Al terminar el d√≠a, sobre las calles queda: basura, desperdicios, y residuos. La basura es retirada en gran parte; pero, los residuos se adhieren a la superficie, ya cochambrosa, de las calles de la ciudad. El tr√°nsito de personas y veh√≠culos conduce esa inmundicia a todas partes: a la casa de cada quien, al interior de los veh√≠culos, al transporte p√ļblico, a la escuela, al trabajo, ‚Ķal aire respirado por todos.

Ya se ha visto cómo el fuego consumió una casa a la que los bomberos no pudieron llegar. También se ha visto cómo ambulancias de la Cruz Roja pasan apuros para doblar esquinas repletas de puestos.

¬ŅCu√°nto falta para que el cochambre y la ausencia de higiene act√ļen como veh√≠culos propagadores de graves enfermedades?



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