Baja California - Lunes 18 de Junio

Perfil del candidato (a)

5-4-2018  |  Dr. Tomas Bermudez  |  Artículo

Lo verdaderamente importante es esa pasión por la libertad, por la igualdad, por la justicia social que nos mueven y pretendemos para nuestra nación. El candidato es el abanderado, no la bandera, que por sus dotes personales tiene la capacidad de clavar sobre las cumbres más altas la enseña encomendada.



Desde las diferentes concepciones del candidato y, observando al líder desde distintas ópticas, me gustaría empezar este artículo exponiendo una definición más del perfil del candidato, esto es, el candidato como aquella encarnación -personificación concreta de un objetivo común- que presupone la asunción de unos determinados valores y una suficiente capacidad para arrastrar a sus seguidores y transmitir su mensaje.

A partir de esta definición y su posterior disección, pretendo llegar a las notas que considero esenciales en la figura del candidato y para que éste triunfe en sus objetivos También desde el principio quiero aclarar que el tipo de candidatura al que me referiré en adelante, aunque pueda tener numerosas características comunes con otros tipos de candidatos, mi modelo de referencia -digo- será el del candidato político, entendiendo por político en su sentido más amplio, como el candidato que pretende captar y transmitir un mensaje lo suficientemente amplio y universal, al que se pueda acudir teniéndolo como embajador, representante de un modelo de actuación y de pensamiento.

Volviendo a la definición inicial que dábamos de candidato, constatamos la existencia de tres elementos: el objetivo común, uno determinados valores y capacidad de arrastre, de ilusión, de entusiasmo, de convicción. Y aplicados a la referencia ejemplificativa que hemos tomado del candidato político serían en cuanto al objetivo común inmediato: ganar un aforo y en un momento determinado, ganar unas elecciones mientras que el mediato sería regir los destinos de un pueblo.

Por lo que se refiere a los valores, éstos supondrán una jerarquización -abierta, ya puntualizaremos- de ideas, de convicciones. No nos referimos aquí a los valores personales que debe tener el candidato sino a los valores colectivos que quiere representar. Así, colocar piramidalmente la justicia, la utilidad, la seguridad, la libertad, etc., de una manera concreta pero flexible para no caer en el dogmatismo ideológico. Y por último la capacidad de entusiasmar: de confirmar a los convencidos y de convencer a los indecisos.

De estos elementos definitorios del perfil de candidato, podemos ir extrayendo ya algunas conclusiones: En primer lugar, el candidato encarna y asume unos valores determinados. Por tanto, no se puede nunca confundir al candidato con los valores que representa, pero no sólo por la imperfección con que los representará si éstos son mínimamente elevados sino porque lo verdaderamente valioso son esos valores que se proyectan hacia ese objetivo común.

Lo verdaderamente importante es esa pasión por la libertad, por la igualdad, por la justicia social que nos mueven y pretendemos para nuestra nación. El candidato es el abanderado, no la bandera, que por sus dotes personales tiene la capacidad de clavar sobre las cumbres más altas la enseña encomendada. Es, pues, diferenciar entre el envoltorio y lo envuelto, entre el vehículo transmisor y lo transmitido.

Esto produce, a la vez, la desmitificación del candidato y el posible traspaso sin traumas del abanderamiento de un proyecto, la ruptura con el personalismo y la posible corrupción de la propia idea de líder: se es candidato de un proyecto no para mantenerse de un proyecto.

En segundo lugar, el objetivo común será lo que nos haga descubrir al candidato, mejor, a nuestro candidato. Por supuesto que éste ha de tener suficientes dotes personales que lo hagan brillar con luz propia y de intensidad mayor que la de cualquier otra persona, pero hemos de saber sacudir de nosotros las posibles vendas y legañas que puedan cubrir nuestro rostro. Nos planteamos entonces el interrogante de si el candidato se crea o se descubre.

Definitivamente me incline a pensar que se descubre, y esto sucede cuando a su vez se descubre o redescubre, con nueva ilusión, un proyecto que poner en marcha. Entonces es cuando nos adherimos a él, a esa coincidencia, y nos separamos de la muchedumbre, diferenciándonos, mostrándonos individualmente. El candidato, pues, no se crea, surge espontáneamente como consecuencia de un proyecto o de su ejemplaridad, y en él tendrá su origen el grupo.

Es, pues, imprescindible el atractivo del proyecto que se candidato a, del objetivo que se quiere llevar a cabo, así como mostrar con claridad las diferencias que nos puedan separar de otros posibles proyectos. Y este último punto lo considero de vital importancia. Es imprescindible marcar diferencias, pero no sólo en el sentido negativo de exclusión, sino positivo, de definición, de clara delimitación del objetivo perseguido.

A partir de ahí, se podrá hablar de acuerdos, de cesiones, de negociación, siempre, claro está, que la naturaleza de la propia asociación en que se inserta el candidato, lo permita. Y esto nos hace volver sobre el punto anterior, puesto que el objetivo a conseguir deberá tener la apoyatura de unos valores que determinen cómo conseguirlo. El candidato deberá ser protector y guardián de la causa que originó el grupo y el mismo candidatoazgo, deberá saber mantener el equilibrio entre lo que constituye el núcleo esencial que conforma el objetivo perseguido y la pluralidad, heterogeneidad que se pueda dar dentro del grupo que candidatos.

Pero lo cierto es que observamos candidatos que no cumplen estos requisitos, verdaderos encantadores de serpientes que no tienen o no expresan un objetivo común, que los valores que representan no son más que necesidades del guión y, que la definición del proyecto, queda enmarcado tantas veces en su atractivo personal: físico, retórico, populista…

Como en tantas otras cosas, debemos diferenciar el ser del deber ser, ¿son candidatos?: sí, en su sentido más superficial, como el padre que da vida a unos hijos, pero no les ofrece su atención y cariño. ¿Deben ser nuestros candidatos, queremos que sean nuestros candidatos?: Rotundamente, NO. candidatos en el sentido más superficial, que escasamente cumplen con los dos primeros elementos definidos y que su liderazgo se centra en esa capacidad comunicativa, de ilusionar, de arrastrar.

Es lo que vulgarmente hemos llamado candidato carismático. Cuando es el carisma del candidato, y no lo que representa, lo que nos atrae, hace que exista una relación de dependencia hacia su persona, hacia su encanto y, como pescadilla que se muerde la cola, esto será lo que él mismo cuide más. En cualquier caso, será el fracaso del candidato. Post eventum vani sunt questus “Cuando aparece el necio todo son problemas”.

tomymx@me.com



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