Baja California - Domingo 30 de Abril

Cambalache

14-11-2016  |  Invitado  |  Artículo

Por: César Moroyoqui

A Gilberto Lavenant In Memoriam

CRÓNICAS DE UN RESUCITADO

-Preludio. Despertar con un gallo negro en la ventana
-Una semana en el transporte público de Tijuana. La pesadilla
-El SITT y los capos de las concesiones
-Mañana Dios dirá, pero hoy se inaugura

Cuando despertó, los músicos seguían tocando el mismo son monocorde, en el mismo carnaval del siglo anterior.

¿”Cuánto dormí”? Preguntó el de la voz complemente lúcido y sano, y nadie respondió. Pues como. En torno suyo no había persona alguna que le revelara el nombre del día y el año en que estábamos esta mañana, así que se enderezó sobre la cama y comenzó a hacer cálculos mentales, primero, y luego con los dedos que no ayudaron mucho.

Quizá fueron 10, 20 años. Adentro, en la habitación, casi todo era distinto y desconocido. “Puede que haya cruzado la frontera de los siglos durmiendo”, dijo manoteando las telarañas aún enredadas del dilatado sueño del que venía despertando. Todo es confuso: afuera sigue sonando sin pausa el tan tan tan de la feria de circo, acompañado de un taladrante y conocido murmullo de hombres y mujeres. Sin embargo, los rostros de ahora son otros.

No está para saber si es un privilegio o la némesis de su vida pero la ventana del piso donde despertó muestra rotunda la panorámica de los palacios del poder de esta ciudad que por azares impronunciables lleva por nombre Tijuana. De allá viene la algazara que escucha al despertar.

Hay un pregonero que canta noticias en la calle; Moro corre de golpe las cortinas de la ventana y el chorro de luz matinal lo encandila, y la orgía del brutal tráfico citadino le devuelve la media sordera de hombre urbano. Cuando recobra los ojos ve que un gallo negro se contonea de un lado a otro en el alfeizar de la ventana. --Es mi gallo, mi alma gemela, mi informante-- dice sin un rastro de duda. Tal vez es él transfigurado en este nuevo siglo. Es el contratenor que cantaba las noticias hace unos minutos.

El ave mira de lado con su diminuto ojo izquierdo al habitante del nuevo siglo (los gallos no pueden ver de otra manera), y sin quitarle la mirada hace un comedido ademán con el ala invitándolo a que acabe de levantarse para pasar a sentarse a la regia mesa de madera de ébano que antes fue azafata de grandes comilonas y borracheras, y hoy es santuario de trastos cibernéticos que una mano siniestra acercó mientras dormía el hombre del siglo anterior.

Debe conocerlo a fondo, y parece que hizo una vigilia de soldado mientras estuvo en el prolongado coma, pues sin aviso ni acuerdos previos, el gallo negro puso sobre la lustrosa superficie del mueble las noticias de la mañana y otra pila de materiales de cuya índole, por el momento, no dio parte.

Al azar, Moro echa un vistazo a los expedientes y de la primera impresión pasó al desencanto y luego al reclamo. “Todo lo que veo y leo es tan viejo como el Medievo aunque tenga fecha 2016”, dice el recién resucitado. Gallo negro, siempre al alba, lo mira ahora con el ojo derecho y le hace un guiño con ínfulas de compadre. –-Cierto-- dice con talante de enterado. “Pero es todo lo que hay. Ponte al día con ese cambalache de cosas, y comienza tu labor”, ordena el ave con el mismo aire indulgente como ordenaban la tarea del día siguiente, a las 10 de la noche, sin levantar la vista de la prueba de la página principal de mañana, los extintos jefes de redacción de los periódicos-diario del siglo anterior.

Lee que quizá en unos días llegue al más alto cargo del ayuntamiento un hombre que arrastra desde hace ya tiempo un mote temerariamente profético. “Patas”, así gusta que le digan en público y en privado a Juan Manuel Gastélum Buenrostro, el alcalde electo que, sin embargo, a esta hora, aún sigue sentado en la antesala de la presidencia municipal. ¿Le habrán dicho ya a este personaje que el gobierno no se hace con las patas, aunque las elecciones se ganen a veces así? ¿Acaso Tijuana pidió comediantes? Digo. --Haré estas preguntas y otras cuando terminen las impugnaciones de sus adversarios-- concilio con el gallo negro.

El asunto sin embargo, querido gallo negro (hemos entrado ya en franca hermandad), es viejo. Viejo como la humanidad. El uso y abuso del poder. La soberbia. Ah, la soberbia. La codicia, más vieja que Shakespeare.

(Alguien manda decir a gritos desde la otra acera de la calle que “el patas” gobernará Tijuana los próximos tres años. Está bien, haremos las preguntas entonces).

Hay una noticia sobre la mesa que parece nueva. Sin embargo, huele al cacharro viejo que es repintado para que parezca nuevo. Para el gallo es la más cara y la más morbosa primicia de todas las que ha querido presentar y comentar esta mañana aunque, en pleno entusiasmo noticioso, aflora sin disimulo en su gallarda cabeza afilada, la huella inequívoca de la desazón.

El gallo negro canta entonces su ópera prima con su limpio pecho lírico: Tijuana va a estrenar un sistema de transporte público digno del heroico y manso usuario fronterizo. “Es el SITT”, dice. --Con ese nombre lo sacó a la calle este gobierno que, por cierto, debes saber, ya se va--, añade con malicia, como tratando de poner en relieve el atraso de Moro en las novedades de la ciudad. (Este lo traduce pero no entiende qué significa “estrenar” en el trance de tratar de hacer algo nuevo con viejas mañas).

¡He aquí la noticia y he aquí estos materiales que son testimonios recogidos en una semana de indagatorias, peligros y sobresaltos vividos en carne propia! exclama gallo negro indispuesto a las réplicas, pues dice que una semana trepado en el transporte público de Tijuana no fue “La ilusión viaja en tranvía” de Buñuel, sino un acto de masoquismo voluntario que a veces algunas plumas elegantes confunden con el heroísmo.

Dicho lo anterior y sin esperar objeciones, abre los cuadernos que antes había volcado sobre la mesa junto a las “noticias del día”.

Todo lo que el ave descarga a chorros, de aquí hasta el final, es a propósito del anuncio municipal de esa dilatada “joya del trienio” llamada SITT.

No pienso contrariarlo pero antes de que se sumerja en la lectura de sus hallazgos que aún huelen a pan caliente, pregunto que si con el SITT terminará la pesadilla de todos los días con que esa criatura contrahecha, llamada transporte público, tortura a los tijuanenses que por algún torcido camino de Dios o de la economía, tienen que usarlo para movilizarse a través de las tripas de la ciudad.

“Entérate primero, luego hablas”, me dice sin concesiones, y reanuda el sostenido kikiriki que no anuncia el alba del amanecer sino la verídica y triste historia del transporte público de Tijuana.

Moro sucumbe a la autoridad de la voz del ave encrestada, cierra el pico y abre los oídos.

EL CHÓFER, EL CARCAMAL Y SUS DEMONIOS
El chofer de camión, calafia (esos adefesios letales que sólo Tijuana podría inventar y tolerar) y taxi de ruta no está enterado con qué se come eso que en lengua civilizada significa prestar un servicio público; hace muchos años que se pasó a limpiar el trasero con el reglamento de tránsito, y si también existe, tiene en la reserva del papel higiénico de su retrete familiar, el reglamento de transporte público de Tijuana (o como se llame).

-Mira no´más morisco- me dice el ave negra ya entrado en confianzas: el chofer levanta y baja el pasaje sin mirar si ya bajó o si ya subió.

-Espero que me entiendas lo que estoy diciendo- interrumpe el ave brevemente la lectura. Moro suscribe un si en silencio. Continúa:

Según la prisa y su negro humor sin reglamento, el chofer bien puede bajar al usuario en medio de una bocacalle, en un tercer carril o en cualquier lugar que no sea una parada formal. Y que Dios lo bendiga. Cuando el asunto es “levantar” pasaje de la calle, el chofer nada más se cerciora que la “carga” ya no se la pueda arrebatar otro y aplasta a fondo el acelerador del vehículo. Esta “eficaz” maniobra hace que la ahora víctima trastabille y manosee cabezas y pasamanos en el incontenible trayecto a su destino.

Qué le vamos a hacer, esa es la única y rara “amabilidad” que conoce el conductor, pero también es la confirmación científica de esa ley de la física que habla sobre la acción y reacción de los cuerpos sólidos sometidos al impulso de una fuerza externa. “El cuerpo del usuario cae hasta donde lo avienta el empellón del chofer, en buen cristiano”, me ilustra el dueño de estas de las notas.

El trabajador del volante y dueño absoluto de las calles y de las vidas que lleva encima de su carcamal, va vestido de acuerdo a su muy estricto manual doméstico transpirando en la misma camiseta ceniza, sudores de dos o tres días. En general joven, aunque no siempre, el chofer no lleva uniforme (¿cuándo, por qué, quién dijo?) y todo aparenta a que la camisa y los pantalones limpios y el baño corporal son cuestiones de sábado en la noche, pero, ¡oigan ustedes!, gasta un sonido tercera generación que le facilita la vida y el trabajo: a todo volumen, ignora qué lleva encima de la “unidad”, y no se da por enterado de cómo subieron o cómo bajaron esa especie de reses que le pagan al bajar o al subir un boleto. Blindado por las pavorosas bocinas del aparato de música, el chofer no oye, no atiende no presta un servicio.

Moro hace las cándidas preguntas: ¿hay una norma que “module” la selección de música que debe escuchar y “compartir” el chofer con su transitoria y cautiva audiencia de todos los días?
-No, no la hay.
¿Y alguna penalidad por los 100 decibeles que receta el chofer a los sumisos usuarios?
Tampoco.
¡Chofer, bajan! Chofeeer…!

El gallo negro da vuelta a la página con calculada y meticulosa parsimonia:

Los camiones, calafias y taxis de ruta congestionan y estrangulan las principales arterias de la ciudad (que no son muchas) y envenenan el aire de todos. Contagian con su ponzoña el ánimo de la gente que los aborda o que los mira desde la acera. Son los reyes de la calle, de los cruceros, de los accesos a las colonias, de los alrededores de las plazas. Los energúmenos pobres hombres que algunos les dicen trabajadores del volante (sorprende la expresión del ave oscura: “pobres hombres”) imitan el Gran Prix de Minneapolis por bulevares y avenidas.

En su delirante carrera se cruzan de carriles por sus pistolas, bajan o suben pasaje donde indica la oferta y la demanda, dejan personas con la mano levantada en las banquetas si los trae “a cola” otro colega suyo; unos y otros se echan encima el camión, el taxi o la calafia; se mientan la madre. Mientras, el automovilista se disciplina, obedece, baja la velocidad, espera, espera ver a la autoridad que frene a estas almas en pena, hijas punitivas de nuestro sistema de transporte público. La autoridad si anda por ahí pero no está. Y los fardos que lleva de “carga” el chofer nomás miran alelados la gresca a través de los cristales siempre atascados de la “unidad”. Muy poco sucede, casi nunca. De repente, un usuario le grita al chofer que no lleva vacas.

El chofer conduce sin gobierno carcamales que sirvieron en las prisiones gringas en décadas muy anteriores a la nuestra, y otros cacharros más agraciados que salieron en apasionantes películas de los años 70. Chofer y vehículo se mueven sin horarios, sin misericordia, sin distinguir si lo que “levantan” en la calle son niños, ancianos, mujeres embarazadas, discapacitados.

Creen que todos los que suben son personas resistentes a sus “tratos”. El chofer es en el transporte público lo que el policía en la relación ciudadano y gobierno: el primero y más visible contacto del ciudadano de a pie con un sistema anacrónico y caótico pero debidamente concesionado y robustecido.

¿Hay una norma que regule el año-modelo de camiones, ¿calafias? y vagonetas que prestan el servicio público en Tijuana?

Puede que sí lo haya, pero da igual. Aquí la autoridad está muy conforme con haber concesionado este servicio público desde tiempos lejanos ya, y con lo que hagan o dejen de hacer los concesionarios.

Mientras llega la salvación, ahí van por las calles de Tijuana y ante los ojos ciegos y los bolsillos contentos de las autoridades municipales, los camiones del año del cometa, marcas Blue Bird, Thomas, otras, pintados con los emblemáticos colores Verde y Crema, Azul y Blanco y otros colores con menos carga histórica. Mal recomiendan a la ciudad quinta (¿o cuarta?) economía del país. Chacuacos rodantes que roban y pervierten el aire que debía ser de los tijuanenses y sus visitas.

Gallo negro rescata de entre sus numerosos apuntes, un pasaje de su relatoría que aparentemente había olvidado. “Es por orden de aparición, como en las películas”, dice.

-Pareciera que camiones y calafias son la misma y única criatura bastarda que tortura usuarios, y que los taxis de ruta son un asunto distinto y encomiable, pero no, son la misma negación-dice. Desde que sacaron de las rutas a las tóxicas “guayinas” que llevaban pasajeros en el maletero (sólo en Tijuana pudo ocurrir eso), habilitaron vagonetas de distintas especificaciones y marcas. Ahora circulan algunas de reciente modelo que aparentan mucho pero en realidad practican las mismas mañas que las otras modalidades del transporte.

Para que les quepan 13 o 15 personas en vehículos para siete y 10 pasajeros, los concesionarios improvisaron asientos (donde no van), de modo que el usuario va en calidad de paca o bulto, y baja y sube al vehículo entre sudores prestados, apretujones y empujones.

Los taxis de ruta, agrega el ave con aires técnicos, son la mayor fuente contaminante del “sistema”, y los que mejor congestionan la vía pública. La autoridad dice que circulan mil 500 por las rutas concesionadas pero parecen 100 mil. Se debe al desgobierno con que operan, dice inapelablemente.

Gallo gallo, estás enredando la historia –-respinga el del semblante morisco--. Hablas de puro caos y atropellos civiles como si el “sistema” se mandara solo. ¿Y la autoridad?
(Moro abrió la boca y no pudo detener el viaje de las palabras, y se vio a si mismo ridículo. Estaba haciendo preguntas tontas de nuevo).

El ave azabache se acomodó en el mullido sofá del fondo en el amplio salón californiano y miró a Moro con un no sé qué de conmiseración. Concedió, sin embargo, a formular una paciente explicación más, gravitando siempre en torno a los cuadernos escolares donde había garabateado con su florida caligrafía, la aventura de conocer, sin intermediarios, la pesadilla de desplazarse en la ciudad, tramo a tramo, trepado en el transporte público concesionado.

LA AUTORIDAD, SEÑORAS Y SEÑORES
¡Ah el director de Vialidad y Transporte de Tijuana José Luis Hernández Silerio y los concesionarios!, ¡Ah los inspectores y los choferes! exhaló el ave antes de vomitar las “verdades” que le quemaban las entrañas.

-Todos los días hablan en todas partes-dice. El director se reúne, cuando es necesario, con los concesionarios, y los inspectores se ven todos los días, a todas horas, con los choferes de camiones, calafias y taxis de ruta. Estos últimos se echan sus habladas matutinas y vespertinas, y pareciera que intercambian números de teléfono o direcciones, “o qué sé yo”, porque los choferes siempre se andan sacando cosas de los bolsillos cuando ocasionalmente un inspector “les detiene su tren”. Luego de unas palabras y unas palmaditas en el hombro, todo mundo contento, a seguirle porque, como la vida, el sistema no puede parar. ¡Qué caray!

¿Y lo que ocurre dentro y fuera de las cafeteras humeantes. Y el reglamento y…?

Pues parece que el director de Vialidad y Transporte como el mismísimo alcalde Astiazarán están convencidos hasta la ignorancia que no hay mejor suerte en este mundo que sus antecesores en el gobierno hubiesen renunciado a una responsabilidad constitucional (primero el gobierno estatal y luego los municipios) y hubiesen concesionado el servicio a los particulares. Un dolor de cabeza menos para el gobierno, dirían ayer, y resultó negocio redondo, amigos del alma, dirán ahora.

También puede que Hernández Silerio haya llegado demasiado grande de edad al puesto y ande escaso de energía como para subirse a una unidad del transporte público, y luego se tuviera que dar de topes contra las paredes de la Dirección preguntándose: “Dios Santo, ¿quién carajos me ha estado ocultando la atroz pesadilla que viven todos los días los usuarios a manos de este engendro de transporte público que nos heredaron los otros que estuvieron aquí”?
Siempre es una posibilidad y un regalo, un poco de solidaridad de parte de la gente del gobierno, ironiza el gallo.

Y luego echa a rodar al vacío hipotéticas preguntas como avispas:
¿A propósito, don José Luis, al final de su gestión nos podría decir si en realidad se “sacó la rifa del tigre” o lo que se encontró fueron las minas del rey Salomón rebosantes?
¿Y trabajar?
¡Gallo!
¡Qué! ¿Y trabajar don José Luis. Le gusta trabajar?
-Por supuesto --responde Moro en ausencia del funcionario--. Se le ha visto despachar en este y en otros gobiernos, en la rama o dependencia que usted guste y mande, gallo.
Ah.
¿Y de movilidad urbana, sabe, sabía?
Basta.

Al gallo negro se le nota ya un poco trastornado. Las ironías y los sarcasmos, la lengua blanquecina y los ojos inyectados de sangre anuncian tormenta.

Moro se acerca al mullido sillón y cae en la cuenta que el animal sí se está poniendo solferino y de muy mal humor (no se le nota a primera vista porque negro es su plumaje y roja su cabeza), y que los hallazgos de sus indagatorias lo hacen hablar a bocajarro. No es todo. Hacen que sus palabras vuelen más allá del territorio de la información y el testimonio.

Sin embargo, el ave está dispuesto a pagar el precio de su transgresión a cambio que se le permita opinar y arrojar el cólera verde que trae atorado en el gaznate contra quienes por años han hecho de este servicio público un albañal, pero en donde pescan, (gobierno y concesionarios), limpiándose comedidamente la mierda de las manos, las pepitas de oro que sigue haciendo atractivo, hasta el escándalo y la pesadilla, el negocio del transporte público.
-Pero ahí viene el SITT- musita Moro medio acogotado. (mejor: medio avergonzado).

Gallo negro hace buches de creolina para matar la mala entraña que lo acomete. Administra una prolongada pausa después del exabrupto anterior, (ya casi es media mañana), recupera y hojea de nuevo los cuadernos; se detiene en una página, palomea y anuncia ahora, con impostada ceremonia, un alegato desapasionado acerca de la calamitosa relación chofer-concesionario y con el que, asevera, pondrá a cada uno en su justa dimensión. Reitera sin embargo, que en lo sucesivo no cederá en sus furibundos anatemas contra quienes han resultado responsables.

LA COSA NOSTRA Y EL TRANSPORTE PUBLICO
El chofer del transporte público de Tijuana tiene que conseguir tres cosas en un jornal que se puede prolongar hasta 12 horas: “pago de piso” al concesionario, gasolina y salario. El ave ha tornado en una especie de académico inofensivo, servicial, burocrático, sin consecuencias, pero, habido lo anterior, Moro prefiere pensar por dónde vendrá el relámpago de las espuelas del gallo. Ahí vienen.

¿Pago de piso, gasolina, sueldo. Pues que no es el chofer empleado del concesionario?
No. Algunos pocos lo son, pero la regla en este negocio es: ahí te va el vehículo, me lo cuidas, ponle gasolina de tu bolsa, saca para tu “chivo” y cuando lo entregues traes el pago de la renta. ¡Ah, pero primero asegúrate lo de la renta. Lo demás es tuyo!

¿Que cómo le vas a hacer, preguntas? Averíguatelas tu que para eso andas en esto. ¿O no? Si patrón.
¿Y la seguridad social, perengano?
¿Quieres trabajar, o no?
¿Y si choco o atropello y mato a alguien? Córrele, no seas pendejo. Nosotros lo arreglamos.
¿Ese es el chiste de ser concesionario del transporte público de Tijuana?
Ese es, ni más ni menos. Para eso fueron, para eso son las concesiones del transporte público aquí.
Los concesionarios del transporte público de la ciudad son los capos del sistema. Apoltronados en sus mecedoras miran pasar sus armatostes desvencijados por las 120 rutas en que tienen repartida arbitrariamente Tijuana, con la anuencia y la indolencia del gobierno, mientras esperan el pago de los derechos de piso que sus personeros “trataron” por la madrugada.

Son 12 “familias” principales (¿o se les puede llamar empresas, fulano?), las que cobran piso por toda la ciudad mediante una red de “supervisores” que bien parecen agentes del gobierno inspeccionando horarios, el buen estado del mobiliario rodante y la calidad del servicio. En realidad son los “sicarios” que le andan cuidando el negocio a los patrones.

UN DIA DE ESTOS OYERON CANTAR OTRO GALLO
Desde sus hamacas anacrónicas, tan rancias como sus prácticas, sus calafias, sus camiones, sus taxis, su servicio, los concesionarios oyen una arenga difusa que brota del altoparlante del ayuntamiento:
Que la modernización, que la movilidad urbana sustentable, que los derechos de los usuarios, que esto y que lo otro.

Responden al eco:
¡Ah que el gobierno tan clarividente. Si el futuro queda tan lejos todavía!
Oye compañero: ¿Que van meter un tal SITT?
¿De parte de quién?
Si nos dejamos.
¿Que nos invitan, Napito?
¿Que nosotros vamos a repartir el pastel, los tricornios y los espantasuegras?
Ah, bueno, por ahí hubieran empezado.
Vamos pues, a ver si con esto se le quita al gobierno la urticaria de la modernización.

EL PREMIO MAYOR DE LA LOTERIA
Pues gallo negro parece incansable y sus cuadernos parecen no tener orillas. El reciente soliloquio le puso la cabeza de un color pálido rosa y casi se quedó sin aliento pero no cejó, ni ceja ni parece que cejará. Prorrumpe de nuevo:
Alguien dijo alguna vez desde la tribuna, cuando apenas se comenzaban a chupar los colmillos los concesionarios, que por qué no se ponía el “nuevo sistema” en manos de gente responsable, con vocación de servicio, visión, interés mercantil y compasión por los usuarios (¿pueden ir juntas ambas naturalezas?) y con dinero, claro. Que fueran empresarios de Tijuana o fuereños con tal de que tuvieran esos atributos.

Concesionarios y gobierno, unos más agazapados que otros, levantaron la voz de inmediato y dijeron que pa´qué o por qué otros, si ellos, ¡los concesionarios! conocían mejor que nadie el negocio y el reparto de la ciudad. ¡Tijuana para los tijuanenses! gritaron.

-¡Ajá!- increpa el gallo iracundo:
Ellos, los que mantienen y sostienen este muladar de puercos; ellos, los que piensan (y obran) que el usuario es un fardo gelatinoso y sin voluntad; ellos, que echan en cueros a las calles sin Dios a los choferes para que se disputen el pasaje como energúmenos con sus iguales, y así consigan el dinero para “pagar piso”, y gasolina y sueldo diarios.

Ajá, ellos que tienen comprada a la autoridad para que hagan como que no ven el chiquero en que han convertido la precaria red vial, el aire, la movilidad urbana de los tijuanenses.
Pues si: ellos.
Ellos obtuvieron el premio mayor de esta lotería cuyas pelotitas numeradas y arregladas sacó de la urna empañada el alcalde Aztiazarán.

“Que es un negocio de priistas”, arengó otro desde galería. “Eso es anecdótico y circunstancial. Si hubiera estado el PAN mandando en el ayuntamiento y tuviera lugar igual sorteo, el negocio hubiera sido de panistas con aquellos mismos capos”, respondió el ave colérica.

-Ah, carajos, esto está bravo --dijeron los ingenuos de la tribuna--, mejor nos regresamos a la butaca.

Una vez apaciguados los gritos y sombrerazos ciudadanos y de uno que otro “concesionario” excluido de la fiesta, las “familias” armaron su club de toby llamado con sorna y picardía “Empresa de empresas”, se sentaron con el gobierno, preguntaron por los fierros que había, vieron que había poquito más de mil millones de pesos para empezar, legislaron a cuatro manos, sacaron de la jugada al cabildo “soberano”, cuyos regidores saben apechugar y guardar silencio, y ahora están esperando que el gobierno les acabe de planchar una parte de la ciudad y les ponga la plataforma para renacer en el SITT.

SI, renacer. Recién comulgados y limpios. Sin pecado, sin pasado. Lo que se dice retoñar en gracia del Señor.
Ajá.
Pero, ¿se puede hacer algo nuevo con chácharas y changos viejos? Pregunta el ave en el anticlímax de su discurso insaciable.
-No sé-, responde Moro sorprendido porque la pregunta se la dirige él con un ala extendida. Pregúntale al alcalde antes de que se vaya.
Doctor, ¿la corrupción es una gripa que se quita con mucha agua y una misa?
¿Esa era la pregunta, gallo?
Si.

EL SITT. MALAS MENTIRAS, MALOS PRESAGIOS
Gallo negro cambia de posición. De tres aletazos deja el mullido sillón y vuelve al vano de la ventana donde el sol ya se ha puesto alto. Casi es mediodía. Se arranca una pluma negrísima del ala derecha y, como si fuera a escribir con ella, la examina virando la cabeza de izquierda a derecha. Al fin la ondea en el aire del salón y con la autoridad de un macho viejo de corral, ordena al redactor: pon esto para ya irnos a comer algo.

He ido y venido a las páginas del proyecto que vendió el gobierno a la gente, y no les cuadra nada. Han cambiado tanto los números y los alcances del SITT que a estas alturas del año, y ante la agonía de este ayuntamiento, ya nada es claro y cada vez es más ínfima la “novedad”.

¿Qué queda de tanto alboroto? 50 tristes camiones para la ruta troncal, de los 200 que pregonaron al inicio; y de los otros buses nuevos que anunciaron para las rutas pretroncales (así las llamaron), todo va a quedar en 100 carcamales repintados para que hagan las veces de “alimentadores” de la ruta base. Y eso si los diez concesionarios convocados para este efecto aceptan, porque dicen los voceros del gobierno que todavía no han pactado con ellos. Pactado, ajá.

Doctor, ¿con esto se va a exorcizar la pesadilla del engendro que circula por las venas de Tijuana y que por mal nombre se le conoce como transporte público?

“Tienes razón, gallo”, admite por fin el de la catadura aindiada. Moro. Seguirá habitando nuestros sueños y seguirá rodando por las calles de la ciudad el espanto de esta criatura contrahecha. Vamos a seguir padeciendo congestionamiento vial, contaminación, malos tratos, boleto caro, mala imagen, neurosis pública.

En qué nos quedamos, prosigue el ave renegrida:
Dice el gobierno que el SITT va a sacar de las calles mil 100 autobuses de los alrededor de 3 mil 500 que hoy circulan, en la primera etapa.

¿Qué significará para este gobierno, primera etapa? ¿Qué significará para los concesionarios, primera etapa? ¿De cuándo a cuándo corre el plazo?

¿Y cuántas calafias y cuántos taxis de ruta van a sacar? (¿Todos?)

Dic el gobierno que los choferes del SITT irán como Dios manda y que además, ¡serán empleados del SITT ¿o de la Empresa de empresas…o de ambos?, y que por tanto, contarán con la seguridad social que ordena la ley.
Ajá. ¿O sea que habrá choferes de quinta (el servicio predominante) y choferes de primera?

¿Y no temen los capos y el gobierno que un día de tanto ver el trato desigual, los choferes que se pelean a arrancones y a madrazos el pasaje en las otras calles de Tijuana se rebelen y tomen por asalto los camiones de la ruta troncal y bajen de las greñas a los choferes uniformados y con seguridad social y salario?
Descartado, gallo, descartado. NO andes ventilando malas ideas.

Dice el gobierno que los autobuses de las rutas pretroncales “alimentarán” a la ruta troncal mediante un pacto con 10 concesionarios. Excelente, satiriza el ave.

Y dígame doctor: ¿los 100 camiones repintados de los que nos habla, le van a entrar a los arrancones del Gran Prix como el resto de sus colegas “no modernizados” para ganarles el pasaje?
¿Y en qué sitios van a subir a la gente? ¿Dónde lo hacen hoy día los choferes comunes? ¿Con horarios, o sin horarios? ¿Con renta o sin renta, con gasolina o sin gasolina, con sueldo o sin sueldo?
Gallo, el de las preguntas debía ser yo que acabo de despertar, no tu. Cansas.
Parece que la ciudad seguirá sumida en la misma desgracia.

El ave filosofa y habla preguntando de nuevo: ¿todo este martirio que vi y viví en una semana de usar el transporte público, no se deberá a que Aztiazarán y todos sus predecesores no se han subido a una calafia, camión o taxi desde hace generaciones y por ello no saben qué clase de servicio hay en la ciudad. O de plano les importa un pito? ¿O cuando oyen hablar de transporte público, piensan en que es un negocio corrupto lejos de la mano del gobierno? ¿Eso pensarán?

-No sé-, responde el del teclado. -La gente no se ha rebelado.
“Ah, la gente”, reta el gallo. La gente está haciendo la ola en el estadio festejando el liderato general, o está viendo en la televisión el rebobinado de “Hasta que te conocí”, del difunto reciente de Juárez.
Parece que la ciudad seguirá sumida en la misma desgracia de servicio Pero, bueno, nosotros sigamos:
Dice el gobierno que el SITT es la semilla del futuro sistema de transporte público de la ciudad. Moderno, ordenado, barato, bla bla bla.

Oye zutano, se oye bonito eso: “la semilla del futuro”. Bueno, repara gallo negro. Hay que ver qué clase de semilla. ¿La del batidillo socarrón ese llamado Empresa de empresas y gobierno; es decir, priistas y concesionarios o viceversa?
-Gallo.
-Qué.
Deja una gallina para mañana.
No hace caso:
¿Y en qué terreno y con qué agua se está alimentando la semillita, fulano?
Pues otra vez en la parcela de los concesionarios, y con los veneros percudidos de la corrupción y el compadrazgo, Fulgor.
Ah, bueno. El progreso dentro del orden, como quien dice.
Tu lo dijiste, infame.
Por cierto, repara el ave inclemente, el bulevar Diaz Ordaz pareció en este cambalache “zona ecológica protegida”. Ni por prudencia se le menciona en los cuadernos del proyecto oficial. Ni la lucha se le hizo de meter por ahí el cojitranco SITT.
¿Acaso no es una cuenca enorme y natural a donde confluyen miles de usuarios de cientos de colonias, necesitados de transporte público?
¿El gobierno hizo las cuentas y no alcanzaban los mil millones de pesos para expropiar superficies y echar el SITT por esa vieja, planchada, extensa y viable arteria de la ciudad, y por eso decidió construir estaciones y puentes en la canalización que nadie va a transitar de noche?
Ah, los capos. Saben negociar. Gobierno, ni se te ocurra la mala idea. El bulevar Diaz Ordaz, no existe, gobierno.
Ya me cansé, dice Moro al ave.
Yo también, responde.
Vamos a comer algo y a esperar a que salga de sus enredos ese a quien le dicen temerariamente “El patas”, para que nos cuente que va a hacer con esa quimera llamada SITT.
¿Negocio o degüello?
“Yo, ya me cansé”, dice el del semblante morisco al gallo ávido.

Agradecimientos y postdatas:
1.- Al novelista guatemalteco Augusto Monterroso, por permitirnos, post mortem, parafrasear su microrelato.
2.- Al cineasta español avecindado en México, Luis Buñuel, por mencionar en una centella el título de su película “La ilusión viaja en tranvía”, que alguna relación guarda con el proyecto-negocio del alcalde y sus socios de reciente creación.
3.- Nadie aguantaría diez cuartillas más, así que el asunto de los taxis libres queda para después, si acaso.
4.- Gallo negro y sus ayudantes prometen textos más cortos, y esperan ver en el firmamento las señales propicias para anunciar el segundo diluvio universal, el segundo advenimiento del Nazareno o la reaparición de Carlos Marx y sus comodoros Lenin y León Trotski. O sea, auténticas noticias, no estos desfiguros de carnaval.



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